En el día a día caminamos por las mismas calles, miramos los mismos cielos o al menos eso creemos. Despertamos bajo un sol que suponemos idéntico al de ayer y, a veces, bajo nubes que nos parecen repetidas. Pero ¿realmente percibimos la realidad en toda su amplitud? Un frente frío puede sentirse primero en Houston y, horas o días después, transformar el clima de Monterrey; el fenómeno es uno, y sin embargo se experimenta distinto, fragmentado en tiempos y lugares. Tal vez no habitamos realidades separadas, sino que rara vez logramos percibir el todo. Desde ahí surge la necesidad de repensar la crisis climática no sólo como dato científico, sino como experiencia humana compartida que exige re entender la problemática y, de igual manera, nuestra imaginación colectiva para vislumbrar otros modos de hacer frente a los desafíos que esta nos plantea.
La crisis que se nos pega: lo que no cabe en una mirada
Usualmente nos maravillamos al observar el instante en que un bebé fija la mirada en un objeto con tal intensidad que uno se pregunta cómo estará comprendiendo aquello que ve. Con el tiempo aprendemos a orientarnos hacia lo inmediato, hacia aquello que podemos señalar, medir y registrar. Gran parte de nuestro conocimiento se ha construido desde esa lógica: lo que puede observarse y cuantificarse adquiere existencia pública. Esta manera de habitar el mundo nos ha permitido descubrir, innovar y formular nuevas preguntas. Pero ¿todos los fenómenos se presentan de forma tan accesible a nuestra medición? ¿Qué consecuencias pueden darse si aquello que nos afecta no cabe en una sola mirada, ni en un solo momento?
Algo similar ocurre cuando ampliamos la escala de lo que intentamos comprender. Hace unas líneas planteábamos cómo un frente frío puede sentirse primero en una ciudad y, horas o días después, transformar el clima de otra. Se trata de un mismo fenómeno desplegándose en distintos lugares y momentos. Sin embargo, incluso este ejemplo puede resultarnos más comprensible que otros. Cuando hablamos de la humanidad, por ejemplo, no nos referimos únicamente a quienes coexistimos hoy, sino también a aquellos primeros seres humanos de los que tenemos registro, a los espacios que habitaron, los tiempos que atravesaron y las culturas que construyeron. “La humanidad” abarca una extensión tan vasta en espacio y tiempo que resulta difícil pensarla sin dejar fuera alguna de sus partes. Percibirla en su totalidad exige un esfuerzo que rebasa la experiencia a la que estamos acostumbrados.
Algo similar sucede cuando pensamos en la crisis climática: no se trata de algo que podamos sostener con las manos. Con frecuencia percibimos sus efectos y algunas de sus causas, aquellas que medimos y registramos, pero rara vez la crisis en sí misma. Sabemos de ella porque nuestros registros nos han permitido capturar su variación a lo largo del tiempo y en distintos lugares. Esta distancia entre experiencia y fenómeno permite que surjan discursos negacionistas que buscan invalidarla con frases como “It’s freezing in New York – where the hell is global warming?”. Podría parecer suficiente señalar gráficas de temperatura y otras variables acumuladas durante décadas, pero aquí no solo nos enfrentamos a un problema de datos, sino de escala y percepción. A este tipo de realidades, el filósofo Timothy Morton las denomina hiperobjetos.
El cambio climático es un gran ejemplo de un hiperobjeto. Primero, porque es un fenómeno que está distribuido a lo largo de las geografías de nuestro planeta y las distintas generaciones que lo han causado. Además, su presencia nunca es directa, sino en fragmentos locales e indirectos (los efectos de la crisis). Además, se adhieren a nuestra vida sin que podamos delimitar esta crisis con una precisión perfecta: en las olas de calor, en las sequías o en los inviernos atípicos que reconfiguran las expectativas estacionales (Morton, 2013, p. 1). Esto es, la existencia de la crisis climática presupondría aceptar que nuestra percepción es parcial y nuestras herramientas de medición logran capturar el cambio climático. No obstante, ¿qué implica esto en nuestra comprensión y en nuestro actuar si aquello que nos interpela rebasa no sólo nuestra mirada, sino también la manera en que habitamos el tiempo?
El ahora que nos captura y el tiempo sin habitar
Seguramente te lo has preguntado: si ya sabemos que el cambio climático existe, ¿por qué no transforma nuestra conducta? Incluso podríamos pensarlo así: si ya desde mediados del siglo XX existían diagnósticos claros sobre la urgencia de abandonar los combustibles fósiles —hechos por científicos del California Institute of Technology y compartidos en privado a la American Petroleum Institute en 1954 (Franta, 2024)—, ¿era sólo una cuestión de intereses económicos más inacción institucional o malos hábitos? Creo que estos últimos definitivamente son pieza clave, pero también hay una cuestión de cómo experimentamos el tiempo frente a fenómenos que exceden nuestra vida cotidiana. Es decir, no creo que sea sólo una cuestión económica, sino también una cuestión sobre cómo pensamos el tiempo: el daño proyectado por científicos habría de pertenecer a otro tiempo, a otra generación, y por ello mismo, es posible postergarse sin impacto inmediato.
Consideremos que ya no vivimos el tiempo de la misma manera que en otras épocas. Hoy estamos rodeados de preguntas como: ¿cómo hago mi presente más eficiente?, ¿cómo hago mi vida más útil? Esta forma de habitar nos lleva a fragmentar la experiencia en múltiples “ahoras” sin un horizonte común. Byung-Chul Han describe esta condición como una disincronía del tiempo contemporáneo, donde la duración pierde espesor (2015, p. 7). En este contexto, aunque la ciencia confirme que el fenómeno climático no se presenta como un hecho puntual sino como una trayectoria distribuida en décadas y territorios que ninguna percepción individual puede abarcar por completo (Ripple et al., 2025), la disincronía nos inclina a vivirlo como un futuro siempre postergable, pues no irrumpe como un presente que exija respuesta. Imaginar la “calamidad futura” del cambio climático queda así fuera de la forma en que habitamos el ahora.
Esta misma distancia no sólo opera en el tiempo, también se despliega en el espacio a través de las imágenes y narrativas con las que solemos representar la crisis climática. Cuando se nos presenta información sobre el cambio climático, lo que suele aparecer es un “allá”: paisajes remotos, especies lejanas, escenarios que se perciben abstractos. No se niega su existencia; simplemente no se siente dentro de la propia vivencia y, por ello, vuelve a convertirse en algo postergable. Quizá esto invite a preguntarnos si, cuando nuestra capacidad de entender la realidad está atravesada por hiperobjetos y por la forma en que habitamos el tiempo, se vuelve necesario repensar distintas maneras de relacionarnos con el mundo y con el tiempo mismo.
El futuro que no llega se habita
No sólo eso: la disincronía contemporánea ha convertido al futuro en algo postergable, al perderse como horizonte que articula pasado y presente. Vivimos resolviendo el día, no construyendo el después. Byung-Chul Han advierte que esta atomización del tiempo erosiona incluso aquellas prácticas que antes creaban un lazo con el porvenir (la promesa, el compromiso, la fidelidad) al disolver la experiencia de duración que las hacía posibles (Han, 2015, p. 37). Cuando la continuidad se fragmenta, el mañana deja de sentirse como proyecto y comienza a vivirse como eventualidad.
Ante esto, Han nos propone el arte de demorarse como la capacidad de sostener el tiempo lo suficiente para que los acontecimientos se relacionen y formen un horizonte futuro. Es decir, restituir un espacio de contemplación para reabrir la experiencia del tiempo y no sólo como un presente enfocado en ser productivo. Cuando el presente se deja de vivir como una sucesión de tareas inmediatas, es posible pararse y planear a futuro conforme nuevas lógicas donde el futuro pueda sentirse nuevamente habitable.
Hace algunas semanas tuve la fortuna de ser parte de un CADi ofertado por Laureline Simon con el equipo de Ruta Azul a través de CEDDIE. Este taller se enfocó en futures literacy, una metodología que parte de la premisa de que el futuro no es algo que se conoce, sino un recurso para orientar nuestras decisiones presentes. La UNESCO la define como capacidad para comprender cómo y por qué empleamos el futuro al prepararnos, planificar e interactuar con la complejidad y la novedad de nuestras sociedades (UNESCO, s. f.).
Esta práctica no es un método cerrado donde se busca generar un solo futuro. Más bien se trata de una combinación de reflexión, diálogo y el uso de la imaginación colectiva. Hay tres principios sobre los cuales descansa esta práctica:
- imaginar escenarios diversos;
- reconocer los supuestos que sostienen nuestras decisiones presentes;
- aprender a habitar la incertidumbre sin reducirla a cálculo u otra forma de control.
Como señalan Loes Damhof y Laureline Simon, esta capacidad implica desacelerar, tolerar el “no saber” y permitir que la emergencia revele posibilidades que antes permanecían invisibles (Damhof & Simon, 2020).
Demorarse para un mañana
En un comienzo reconocíamos la dificultad de comprender la crisis climática por su dispersión en el espacio y el tiempo, por operar en escalas que nuestra percepción individual no logra abarcar del todo. Pero esa condición no actúa sola: interactúa con la tendencia a postergar el mañana al quedar absorbidos por un presente urgente y fragmentado. Demorarse, entonces, consiste en devolverle al ahora una conexión con el porvenir, en permitir que el tiempo recupere continuidad y no sólo velocidad. En ese gesto, prácticas basadas en futures literacy pueden ofrecer una vía fértil, pues no buscan predecir lo que vendrá, sino ampliar nuestra capacidad de imaginar posibilidades y reconocer los supuestos desde los cuales actuamos. Por ello, quizá la tarea a la que nos enfrentamos no sea hacer que el futuro llegue más rápido, sino aprender a habitar el presente para que ese futuro pueda emerger. No como una promesa abstracta, sino como un horizonte compartido, deseable y sostenido por compromisos colectivos capaces de orientar nuestros pasos hacia un porvenir visible y articulado sin evitar la incertidumbre que inevitablemente lo acompaña.
Por: Mtro. Luis Gerardo Rojas Solorio
Profesor de Humanidades
Dirección de Innovación Educativa y Aprendizaje Digital
Tec de Monterrey
lgrojasolorio@tec.mx
Referencias
Franta, B. (2024). How the most important fact of global warming has been obscured. En N. Oreskes & E. M. Conway (Eds.), Ignorance Unmasked: The Rise of Climate Obstruction. Stanford University Press. Recuperado de https://www.sup.org/how-most-important-fact-global-warming-has-been-obscured
Han, B.-C. (2015). El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse (P. Kuffer, Trad.). Herder.
Morton, T. (2013). Hyperobjects: Philosophy and ecology after the end of the world. University of Minnesota Press.
Ripple, W. J., Wolf, C., Rockström, J., Richardson, K., Wunderling, N., Gregg, J. W., Westerhold, T., & Schellnhuber, H. J. (2025). The risk of a hothouse Earth trajectory. One Earth. Advance online publication. https://doi.org/10.1016/j.oneear.2025.101565
Simon, L. (2020, 20 de mayo). What if resilience was about welcoming emergence every day? One Resilient Earth. Medium. Recuperado de https://medium.com/one-resilient-earth/what-if-resilience-was-about-welcoming-emergence-every-day-7c235485f85b
UNESCO. (s. f.). Futures literacy & foresight. Recuperado de https://www.unesco.org/en/futures-literacy