Tal vez te ha pasado: compras algo de comida, tienes clases o alguna junta después y, por comer rápido o porque la porción es muy grande al final queda un poco en el plato o contenedor. ¿Qué haces en ese momento? En ocasiones sin pensarlo mucho decides tirarlo, lo cual es una escena común que ocurre en cualquier cafetería universitaria. Sin embargo, lo que muchas veces consideramos es que el alimento que termina en la basura tiene un historial ambiental detrás: el agua utilizada para su cultivo, fertilizantes utilizados, energía para transportarlo y emisiones generadas durante todo su proceso de producción y preparación hasta llegar a nuestro plato.
El desperdicio de alimentos es hoy uno de los problemas ambientales más invisibles y, al mismo tiempo, más relevantes. A nivel global, se estima que cerca de un tercio de la comida producida se pierde o se desperdicia en alguna parte de la cadena productiva. De acuerdo con la FAO, alrededor del 13% de los alimentos se pierden en las primeras etapas de producción y distribución, mientras que cerca del 19% se desperdicia en hogares, restaurantes y comercios (FAO, 2025). En conjunto, varios estudios estiman que aproximadamente el 30% del suministro mundial de alimentos se pierde o se desperdicia cada año, lo que refleja la magnitud del problema dentro de sistemas alimentarios globales (World Bank, 2020). Este desperdicio representa una cantidad de miles de millones de toneladas de alimentos desperdiciados y genera entre 8 y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (UNEP, 2021).
Si observamos el caso de México, la situación no es menor. Se estima que cada año se pierden aproximadamente 20.4 millones de toneladas de alimentos, lo que equivale a cerca del 34% de la producción nacional. Este desperdicio no solo implica un fuerte impacto ambiental, sino también económico, con pérdidas estimadas de alrededor de 400 mil millones de pesos. Además, genera una huella de carbono de cerca de 36 millones de toneladas de CO2 equivalente y supone un uso de recursos como el agua, de la cual cerca del 40% es destinada a la agricultura. Todo esto contrasta con un dato que nos deja reflexionando, en México alrededor de 27.5 millones de personas viven en condiciones de inseguridad alimentaria (FAO, 2025). En otras palabras, el desperdicio de alimentos impacta directamente los tres pilares de la sostenibilidad: el económico, el ambiental y el social.
Aunque muchas veces pensamos que el desperdicio de alimentos es un problema lejano o exclusivo de las grandes ciudades o de las cadenas de producción, también ocurre en espacios cotidianos como los campus universitarios, que en muchos sentidos funcionan como una miniciudad. Para notarlo basta con observar un día en la cafetería o en las áreas cercanas a los restaurantes platos con comida que no se terminan, porciones demasiado grandes o alimentos se compran con prisa entre clases y terminan en la basura. Lo que parece una pequeña cantidad en un plato individual puede convertirse en una cantidad considerable de desperdicio cuando se multiplica por las cientos o miles de personas que a diario forman parte de la comunidad universitaria.
En muchas ocasiones el desperdicio no ocurre con mala intención, sino por los hábitos cotidianos o la forma en la que vivimos. Las prisas que tenemos por entrar a clases, pero intentando hacerle un poco caso al hambre que sentimos, las porciones que superan lo que realmente necesitamos o la simple idea de comprar más porque “conviene más” terminan generando una acumulación silenciosa de alimentos que no se consumen y finalmente acaban en la basura, muchas veces sin una gestión adecuada.
Los campus universitarios son espacios donde no solo estamos formando profesionistas, sino también ciudadanas y ciudadanos conscientes de su entorno y capaces de convertirse en agentes de cambio. Reflexionar sobre el desperdicio de alimentos nos invita a reconocer que nuestras acciones cotidianas también tienen un impacto ambiental, social y económico. Pero no es caso perdido, reducir este problema puede comenzar con acciones simple, por ejemplo, servirnos solo lo que realmente vamos a consumir, guardar sobras, compartir alimentos o planear bien nuestras comidas. Pequeños cambios en nuestros hábitos diarios pueden convertirse en una contribución significativa para construir un campus y una sociedad sostenibles.
Dra. Paloma Barajas Álvarez
Investigadora Posdoctoral
Centro del agua
Tecnológico de Monterrey
paloma.barajas@tec.mx
Referencias
FAO. (2025). Cosechar responsabilidad, compartir futuro: FAO y la Central de Abasto unen esfuerzos contra la pérdida y el desperdicio de alimentos. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. https://www.fao.org/mexico/noticias/detail-events/en/c/1743069/
United Nations Environment Programme (UNEP). (2021). Food Waste Index Report 2021. Nairobi: UNEP.
World Bank. 2020. Addressing Food Loss and Waste: A Global Problem with Local Solutions. © World Bank. http://hdl.handle.net/10986/34521