Cuando pensamos en arquitectura, casi siempre pensamos en lo que vemos: la forma de un edificio, sus materiales, la fachada, los espacios interiores. Pero hay una parte fundamental que rara vez se percibe a simple vista y que, sin embargo, define en gran medida el verdadero impacto de un proyecto.
La arquitectura no termina en lo visible. Como plantea Viktor Olgyay en Design with Climate, el diseño arquitectónico debe responder a las condiciones ambientales para reducir el consumo energético desde su concepción. Detrás de cada espacio hay una serie de decisiones que no siempre se notan, pero que influyen directamente en cómo ese lugar funciona, cuánta energía requiere para su iluminación, ventilación y climatización, cuánta agua utiliza y qué recursos demanda para su mantenimiento a lo largo del tiempo. Es en esa dimensión invisible donde muchas veces se juega la sostenibilidad.
El consumo energético es uno de esos aspectos. Un edificio puede verse bien resuelto, pero si depende constantemente de sistemas artificiales para iluminarse, ventilarse o climatizarse, su impacto se extiende mucho más allá de lo que aparenta. La energía que utiliza día con día forma parte de su huella real, aunque no se vea.
Lo mismo ocurre con los sistemas que lo hacen funcionar. Instalaciones eléctricas, hidráulicas, de ventilación o climatización sostienen la vida cotidiana de un espacio, pero también implican consumo de recursos, mantenimiento y, eventualmente, reemplazo. Diseñar sin considerar esto es dejar fuera una parte esencial del proyecto. Es precisamente en estos sistemas, que no se perciben a simple vista, donde se manifiesta esa dimensión invisible de la arquitectura que determina gran parte de su impacto ambiental.
El mantenimiento, por su parte, es otra capa que suele ignorarse. No todos los edificios envejecen de la misma manera. Algunos requieren intervenciones constantes, consumo de materiales y reparaciones frecuentes; otros, en cambio, están pensados para durar, adaptarse y envejecer con mayor dignidad. Esa diferencia no es casual, es resultado de decisiones de diseño.
Y finalmente, está el ciclo de vida. Todo edificio, por más permanente que parezca, tiene un inicio, un uso y eventualmente un final. Pensar en arquitectura sin considerar este proceso es reducirla a un momento estático, cuando en realidad es algo que cambia con el tiempo. Esta reflexión surge al entender que gran parte del impacto de un edificio no ocurre en el instante en que se construye, sino a lo largo de los años: en su uso, en su desgaste, en sus transformaciones. Es ahí donde vuelve a aparecer esa dimensión invisible, vinculada al paso del tiempo, que muchas veces no se considera desde el diseño.
Pero aquí es donde la reflexión se vuelve necesaria. Si lo invisible es lo que más impacta, entonces también es ahí donde existe la mayor oportunidad de hacer arquitectura verdaderamente sostenible, idea que se relaciona con lo planteado por Juhani Pallasmaa en The Eyes of the Skin, al cuestionar la primacía de lo visible en la arquitectura. No basta con que un edificio “se vea bien” o incluso que incorpore ciertos elementos visibles asociados a lo ecológico. La sostenibilidad real se construye desde decisiones que muchas veces no se perciben: cómo se reduce la demanda energética desde el diseño, cómo se optimizan los sistemas para consumir menos, cómo se eligen materiales que requieran menor mantenimiento y tengan mayor durabilidad.
Hacer visible lo invisible implica cambiar la forma en que evaluamos la arquitectura. Significa dejar de enfocarnos únicamente en la imagen y empezar a preguntarnos cómo funciona un edificio a lo largo del tiempo. Cuánta energía necesita para operar, qué tan dependiente es de sistemas externos, qué tan adaptable es frente a nuevos usos y qué pasará con él en el futuro.
Optimizar lo invisible es una postura que debemos empezar a mantener. Es decidir que el impacto ambiental de un proyecto no se va a esconder detrás de su apariencia, sino que será parte central de su concepción. Porque al final, la sostenibilidad no está en lo que se muestra, sino en lo que se sostiene. Y es ahí, en esa parte que no siempre vemos, donde la arquitectura tiene la capacidad de hacer una verdadera diferencia.
Por:
Daniela Cuadros Aguilar
Estudiante de la Licenciatura en Arquitectura
Tecnológico de Monterrey
Referencias:
Olgyay, V. (2015). Arquitectura y clima: Manual de diseño bioclimático (ed. original 1963). Editorial Gustavo Gili.
Pallasmaa, J. (2012). The eyes of the skin: Architecture and the senses (3rd ed.). John Wiley & Sons.
International Organization for Standardization. (2006). ISO 14040: Environmental management—Life cycle assessment—Principles and framework. ISO.
Comisión Nacional para el Uso Eficiente de la Energía. (2011). Manual de eficiencia energética en edificaciones. CONUEE.