No nos enfrentamos a una serie de problemas aislados que puedan resolverse con parches técnicos o reformas superficiales, sino a una convergencia histórica y sistémica de catástrofes. Lo que percibimos como crisis separadas como la voracidad del capitalismo global, el resurgimiento de facetas del fascismo, la lógica del extractivismo que desuella territorios, la persistencia estructural del patriarcado y la continua pero tácita manifestación del colonialismo, son en realidad los tentáculos de una misma entidad. A esto se suman las consecuencias biofísicas y ecosociales inevitables de dichas lógicas: el cambio climático desbocado, la sexta extinción masiva de especies, una desigualdad económica obscena, la injusticia social institucionalizada y una violencia sistémica que permea desde las fronteras nacionales hasta la intimidad de los hogares. Todo ello, envuelto en una nube tóxica de contaminación y microplásticos que asfixia tanto a los ecosistemas como a los cuerpos humanos.
Para comprender la magnitud de este predicamento, es vital adoptar el concepto de metacrisis. Como argumentan teóricos de sistemas complejos como Daniel Schmachtenberger, estas dinámicas no ocurren en paralelo, sino que se entrelazan formando bucles de retroalimentación sistémica. El sistema socioeconómico vigente incentiva, mediante la maximización y acumulación del poder político y económico individual a corto plazo, conductas que degradan el sustrato mismo que sostiene la sociedad global y hasta la viabilidad de la biosfera misma. Estamos atrapados en dinámicas de rivalidad multipolar donde los actores, sean corporaciones o estados, se ven forzados a traicionar el bien común para obtener ventajas inmediatas, generando mecanismos autodestructivos, similar a un cáncer que, para crecer, necesita destruir al huésped que lo alberga, creando una aceleración suicida donde cada solución tecnológica propuesta dentro de la misma lógica solo sirve para amplificar el problema o desplazarlo temporalmente. Esta dinámica configura una suerte de Ouroboros termodinámico y existencial: no el símbolo alquímico de la regeneración eterna, sino la encarnación de una voracidad autófaga donde el sistema devora sus propios cimientos biofísicos y sociales para sostener la ilusión de un crecimiento infinito.
¿Cómo hemos llegado a este punto de inflexión donde la viabilidad de la civilización está en entredicho? La respuesta yace en los cimientos mismos de nuestra forma de interpretar la realidad. Las ontologías y epistemologías occidentales modernas, hegemónicas durante los últimos cinco siglos, se construyeron sobre una ficción fundacional: la separación radical entre Naturaleza y Cultura. Como ha señalado el filósofo Bruno Latour, la Modernidad decretó que los humanos son los únicos sujetos con agencia, historia y espíritu, mientras que el resto del mundo (animales, plantas, ríos, montañas, etc.) es mera materia inerte, objetos pasivos a la espera de ser descubiertos, medidos y explotados.
Esta división no fue un mero error filosófico, sino una estrategia política de dominación. Enrique Leff, explica que la racionalidad económica colonizó todos los aspectos de la existencia, imponiendo una visión donde lo real es únicamente aquello que puede ser valorizado en el mercado. Esto provocó un epistemicidio: la anulación y destrucción sistemática de otras formas de conocer y habitar el mundo que no se alineaban con la lógica de dominación patriarcal y eurocéntrica. Al despojar a la naturaleza de su carácter sagrado y complejo, se justificó su devastación. Por otra parte, Luke Kemp y otros estudiosos del riesgo existencial, nos advierten que esta ceguera ante la complejidad de los sistemas terrestres nos ha colocado en una trayectoria de colapso civilizatorio inminente, donde la fragilidad de nuestras interconexiones globales nos hace vulnerables a fallas en cascada.
Ante este panorama desolador, la historia reciente nos ofrece laboratorios vivos de organización social que intentan, con mayor o menor éxito, desafiar la inercia del la modernidad occidental que tiende hacia el colapso. Es imperativo analizar estos modelos no como recetas perfectas, sino como experiencias de aprendizaje crítico.
En el escenario geopolítico, el ascenso de China en el siglo XXI y su proclamada construcción de una "civilización ecológica" presenta una paradoja fascinante. Mediante una capacidad de planificación estatal sin precedentes, han logrado sacar a millones de la pobreza, transformar la infraestructura de uno de los territorios más amplios y diversos del mundo, restaurar su capacidad de resistir los embates colonialistas y liderar la transición hacia energías renovables a una velocidad que las democracias liberales occidentales no pueden igualar, ni llegar a entender. Sin embargo, este modelo sigue atrapado en una lógica productivista y vertical. Si bien ofrece una alternativa a la anarquía del libre mercado neoliberal y propone, al menos en la retórica, el encaminamiento hacia una un modelo sostenible, todavía mantiene una relación instrumental con la naturaleza y una estructura jerárquica que dista de la emancipación plena.
En el ámbito contrario de una solución jerarquizada, encontramos modelos cooperativistas de gran escala como Mondragón en el País Vasco. Este gigante demuestra que es posible organizar la producción industrial avanzada bajo principios democráticos y de propiedad colectiva, desafiando el mito de que solo el capital privado genera eficiencia. No obstante, como advierte el psicólogo social Carl Ratner, el cooperativismo que opera dentro de un océano capitalista corre el riesgo constante de degeneración. Para sobrevivir a la competencia global, estas cooperativas a menudo se ven forzadas a adoptar prácticas gerenciales agresivas, priorizando la rentabilidad sobre la solidaridad y convirtiéndose, en la práctica, en corporaciones donde los trabajadores son dueños colectivos pero siguen sujetos a las leyes ciegas del mercado.
Como contraparte a esta tensión, emerge la Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske en la Sierra Norte de Puebla, México. Más que una empresa, la Tosepan es un proyecto de vida integral basado en el Yeknemilis (Buen Vivir) del pueblo masewal. A lo largo de más de cuatro décadas, han logrado tejer una red que abarca desde la producción agroecológica de café y miel hasta servicios de microfinanzas, vivienda sustentable y salud comunitaria, todo bajo una gobernanza asamblearia. Su logro más trascendental, sin embargo, no es financiero, sino político-territorial, ya que la cooperativa ha servido como bastión de defensa contra la entrada de megaproyectos mineros e hidroeléctricos, demostrando que la organización económica puede ser también una herramienta de resistencia ontológica y preservación ecológica.
Más allá de la lógica del mercado y el Estado, surgen las experiencias de autonomía radical como las del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México y el confederalismo democrático en Rojava (Kurdistán). Estos movimientos no solo proponen una alternativa teórica, sino que encarnan una resistencia feroz. Su mayor desafío no es interno, sino externo: deben construir un mundo nuevo mientras resisten los embates violentos y desproporcionados del sistema capitalista, colonialista y de los estados-nación que buscan aniquilarlos. En estas geografías, la ecología social no es un discurso académico, sino una práctica de supervivencia donde la defensa del territorio, la liberación de la mujer y la democracia directa se entrelazan indisolublemente. La lección de Rojava y Chiapas es que la construcción de alternativas es, inevitablemente, un acto de autodefensa.
Para trascender el callejón sin salida de la propuesta de desarrollo convencional, necesitamos amalgamar saberes y construir un nuevo marco conceptual que nos permita imaginar futuros deseables y viables. Una pieza clave en este rompecabezas es la propuesta de la Economía Participativa. Este modelo busca resolver la tensión entre planificación y libertad, proponiendo una sociedad sin dueños y sin burocracia centralizada, organizada a través de consejos de trabajadores y consumidores que negocian la asignación de recursos. Un aporte fundamental es la idea de los complejos de trabajo equilibrados, que busca desmantelar la división clasista y patriarcal del trabajo asegurando que todas las personas compartan tanto las tareas creativas y de empoderamiento como las labores rutinarias y de cuidados, eliminando así la base material que da origen a las jerarquías.
Este reordenamiento económico debe encuadrarse dentro de los límites físicos del planeta. Aquí es donde el concepto de decrecimiento se vuelve esencial, no como una imposición de austeridad y pobreza, sino como un ajuste racional a la realidad biofísica. La "Economía de la Dona" propuesta por Kate Raworth nos ofrece la brújula visual perfecta: debemos habitar el espacio seguro y justo para la humanidad, delimitado por un techo ecológico determinado por los límites planetarios, y un suelo social que garantice las necesidades básicas de dignidad para todos. El decrecimiento implica que las economías del Norte Global reduzcan su flujo de energía y materiales para permitir que el Sur Global alcance ese suelo social sin reventar el techo ecológico.
Sin embargo, la ingeniería económica y la redistribución material son insuficientes sin una evolución epistemológica paralela que transforme nuestra forma de concebir y relacionarnos con la realidad. Necesitamos transitar hacia un verdadero "Diálogo de Saberes", una ecología de conocimientos que supere la arrogancia del monólogo moderno e incorpore otras formas de habitar el mundo más allá de la racionalidad instrumental. Esto implica reconocer con humildad que la ciencia occidental, aunque extraordinariamente poderosa para resolver problemas técnicos agudos, es estructuralmente parcial e incompleta al carecer de una ética integrada de la vida. Se debe dialogar horizontalmente con la Ecología Profunda, que reconoce el valor intrínseco de toda forma de vida, y con las cosmovisiones ancestrales. Conceptos como el Yeknemilis (la vida buena) de la tradición masewal o el Sumak Kawsay andino, nos enseñan que la riqueza no es la acumulación de bienes, sino la armonía comunitaria y el equilibrio con el entorno. La Cooperativa Tosepan Titataniske en México es un ejemplo vivo de cómo el cooperativismo puede incrustarse en una cosmovisión indígena, donde la economía está al servicio de la cultura y la defensa del territorio, y no al revés.
La cuestión crucial que surge es cómo aterrizar estas visiones cósmicas y sistémicas en la realidad concreta de quienes habitamos las urbes latinoamericanas. La mayoría de nosotros somos mestizos, despojados de una relación directa con los territorios que habitamos y compartimos, alienados de nuestros ancestros y sumergidos en la modernidad líquida y precaria de la ciudad. No tenemos una tierra ancestral que defender en el sentido tradicional, ni una comunidad agraria a la cual retornar. Nuestra trinchera es el asfalto y nuestra identidad es una búsqueda constante, atacada por las armas mercadotécnicas y racistas del capitalismo del norte global. La transición, por tanto, no debe entenderse solo como una gran revolución política externa, sino como una evolución del "fractal social". Un fractal es una estructura donde cada parte contiene la forma del todo; de igual manera, nuestras relaciones interpersonales, laborales y familiares reproducen a microescala las lógicas de dominación del sistema macro. Si cambiamos la fórmula en el nivel micro, podríamos comenzar a reconfigurar la geometría del sistema entero.
Para sanar nuestra relación con el territorio, debemos primero reconocer que la ciudad es territorio, es cuenca y es ecosistema, aunque se encuentre sepultado bajo capas de concreto. La sanación comienza con una "alfabetización ecológica urbana" basada en la observación consciente y apreciativa. Debemos superar la "ceguera" que nos hace ver un muro gris indiferenciado en lugar de seres vivos singulares. Un ejercicio práctico de re-existencia es aprender los nombres de los árboles nativos que crecen en nuestras banquetas y reconocer las aves que los visitan, así como entender los ciclos hidrológicos de la cuenca donde se asienta nuestra urbe. Al nombrar, reconocemos; al reconocer, comenzamos a amar; y solo defendemos aquello que amamos, citando a Jacques Cousteau. No se trata de apropiarnos de las culturas de los pueblos originarios imitando sus rituales fuera de contexto, sino de cultivar una nueva biocultura propia, urbana y mestiza, basada en el mismo principio de verdad biológica que ellos sostienen: la simbiosis profunda. Somos, literalmente, el aire que exhalan los árboles de nuestro barrio; reconocer esa relación es el primer paso para dejar de ser turistas en nuestro propio territorio y convertirnos en ciudadanos interespecies.
En este proceso de crear una nueva cosmovisión que una lo moderno con lo ancestral, el arte juega un rol vital, no como decoración, sino como tecnología de la sensibilidad. Necesitamos artistas, poetas y narradores que nos ayuden a sentir la crisis y a imaginar la cura. El arte tiene la capacidad única de ritualizar lo cotidiano y re-crear nuestra subjetividad. Necesitamos una estética de la regeneración que haga visible lo invisible: murales que revelen los ríos entubados bajo las avenidas, música que retorne los sonidos de la fauna local desplazada, y literatura que narre historias donde el protagonista no sea solo el humano, sino la comunidad de vida. Crear arte desde esta consciencia holística es un acto político de reencantamiento del mundo; es devolverle al territorio su cualidad sagrada, no desde un dogma religioso, sino desde la reverencia a la complejidad de la vida que nos sostiene. Al plasmar en una obra nuestra vulnerabilidad y nuestra interdependencia, estamos tejiendo los mitos del futuro, esos que nos dirán que no somos dueños de la tierra, sino su consciencia autocrítica y creativa.
Para reconectar con lo sagrado, tanto interno como externo, debemos ir más allá de la abstracción intelectual y aterrizar en la materia. Por ejemplo, el ver el agua como un ser vivo no es una metáfora poética, es un ejercicio de atención plena y gratitud radical. Significa que, al abrir el grifo, uno se debería detener un instante para visualizar el viaje de ese líquido desde las cuencas hidrológicas lejanas, pasando por los bosques de niebla que la capturaron y las infraestructuras humanas que la transportan, reconociendo que lo que toca nuestras manos es la sangre de la tierra. Es transformar el acto mecánico de consumo en un ritual de reconocimiento de interdependencia. Del mismo modo, reconectarse con los alimentos implica indagar su origen, preferir aquel que tiene rostro campesino y rechazar el que viene envuelto en la anonimidad del plástico industrial y la violencia agroquímica. Comer se vuelve entonces un acto agrícola y político; cada bocado es una boleta de voto a favor de un sistema de muerte o de un sistema de vida.
En el ámbito de la economía de resistencia, nuestra acción inmediata es retirar, en la medida de lo posible, nuestra energía del sistema que nos destruye. Esto se traduce en cooperar en lugar de competir. Podemos iniciar bancos de tiempo en nuestros edificios o barrios, donde el valor se mide en horas de servicio y cuidado mutuo, no en moneda acumulable. Si somos emprendedores o trabajadores independientes, tenemos la responsabilidad ética de explorar formas de propiedad colectiva y de toma de decisiones democráticas y justas. Es tejer redes de colaboración que conecten directamente el campo con la ciudad, eliminando intermediarios y apoyando a quienes cuidan la tierra. Finalmente, la re-territorialización de nuestra existencia comienza en el núcleo de nuestras relaciones más íntimas. La familia y la pareja son a menudo las primeras escuelas del patriarcado y el autoritarismo. Romper el fractal de la violencia implica democratizar el hogar, compartiendo radicalmente las labores de cuidados y crianza, desmantelando los roles de género y practicando una escucha activa y empática.
Ser la alternativa no es un destino utópico, sino una forma de caminar hoy sobre los escombros del viejo mundo. Es un proceso de re-existencia continua, donde cada decisión cotidiana de cooperación, cuidado, creación artística y consciencia ecológica es un acto de rebelión contra la inercia de la muerte y una semilla para la civilización que, inevitablemente, tendrá que nacer.
Por: Jorge Luis Zenil Alva
Mtro. en planeación estratégica y dirección de tecnología
Especialista en Estrategias de Sostenibilidad y Cambio Climático
Líder de Proyectos Estratégicos, Ruta Azul
jzenil@tec.mx