Del 11 al 13 de julio tuvimos el honor de representar al Tecnológico de Monterrey en la Cumbre Juvenil de la Carta de la Tierra (Earth Charter Youth Summit), celebrada en Soka University, California. Mediante esta conferencia reflexionamos sobre lo que realmente era importante y nos hizo replantearnos y llevar de vuelta nuevos conocimientos a nuestro propio Comité Estudiantil de Ruta Azul.
Vivimos en tiempos de incertidumbre, en los que el clima, las instituciones e incluso las formas en que generamos y confiamos en el conocimiento están en constante transformación. Esa incertidumbre no fue solo una conversación de fondo, sino que, de cierta manera, atravesó cada una.
Juventud que lidera el cambio
Antes de la cumbre, “juventud” nos sonaba a una promesa: los líderes de mañana, la generación que va a heredar el problema. En la cumbre, esa idea se cambió. Una de las frases que más resonó fue directa: “Los jóvenes son el recurso más grande que tenemos”, no como beneficiarios futuros del cambio, sino como quienes ya lo están haciendo. Otro panel lo llevó más lejos: “No hace falta un cambio climático, hace falta un cambio de sistema”. Una cifra se nos quedó: con solo un 3.5% de una población movilizada se puede generar un cambio real. No es por unanimidad ni por mayoría, pero sí por un umbral mucho más alcanzable de lo que parece y es una razón concreta para no subestimar lo que un grupo de estudiantes organizados puede mover.
Eso también cambió la forma en que entendemos el papel de las universidades. No como formadores de futuros líderes, sino como espacios que ya deben permitir que lideren. La pregunta que se repitió en varios paneles fue incómoda a propósito: “Enseñamos valores, pero ¿los estamos liderando?” Es fácil poner sostenibilidad en un plan de estudios, pero distinto es que la institución misma actúe con esos valores. La sostenibilidad en realidad debería de practicarse como una filosofía que nos invita a pensar de manera sistémica haciéndonos conscientes de que cada decisión tiene una consecuencia, no sólo económica como se nos ha enseñado, sino que ambiental y social.
Más de cien jóvenes líderes de distintas partes del mundo compartimos ese fin de semana. Entendimos que no existe una receta universal para la transformación. Lo que funciona en una comunidad no siempre funciona en otra. La única forma de que un cambio realmente eche raíces es encontrando a las personas donde están y no donde uno cree que deberían estar. Las formas en que cada quien interpreta esta crisis son impresionantes. No era solo diversidad de soluciones, sino también diversidad de marcos para simplemente nombrar el problema.

“Verdear” la economía no es suficiente
Un panel sobre educación insistió en que debería ser relacional, no la transmisión de contenido de arriba hacia abajo, sino el constructivismo como relación. Otra idea, quizás la más provocadora del fin de semana, vino de un panel sobre desarrollo y tecnología: no se trata de rechazar la optimización, sino de cuestionar qué estamos optimizando, la función objetivo, no la herramienta. Un sistema puede ser perfectamente eficiente y, aún así, estar resolviendo el problema equivocado.
También se habló de manipulación. Solo cuando reconocemos que las personas están siendo manipuladas por narrativas, incentivos o sistemas de información diseñados para ello es posible empezar a generar un cambio real. La participación no es simplemente "verdear" la economía, lo que garantizará la sostenibilidad, sino la participación genuina de quienes viven las consecuencias de cada decisión.
La incomodidad como necesidad
Hubo un panel de cierre que nos pidió algo que pocos espacios piden: "necesitamos estar INCÓMODOS". No como castigo, sino como un método. Ahí hablamos de convertir la rabia en empatía y la empatía en solidaridad. De permitirnos ser vulnerables. De que cada uno alguna vez atravesó su propia supernova, su propio colapso, su renacimiento, y que reconocerlo en otros es, quizás, el inicio de la compasión. La capacidad de imaginar la experiencia de otra persona sin dejar de tener agencia propia. La compasión, se dijo, no es lo opuesto a la agencia.
La última idea fue que “muchas veces confundimos la resiliencia con la línea de meta”. Hablar de "recuperarse" después de una crisis asume que la condición previa a la crisis era deseable y no siempre lo fue. No se trata de volver a cómo estaban las cosas, sino de florecer de otra forma, sabiendo que el florecimiento nunca es estático ni le pertenece a una sola persona.
Regresamos sin las certezas con las que llegamos, pero con mejores preguntas. ¿Qué significa liderar con el ejemplo, no solo con el discurso, en una universidad? ¿Cómo se ve la educación relacional en la práctica, no solo en la teoría? ¿Qué tendría que cambiar en cómo Ruta Azul construye sus propias iniciativas para que sean de participación real, y no solo "verdear" un evento?

Esperanza, disciplina constante
Alguien llamó a este cambio un despertar humanista, un llamado a despertar de un mundo que no hace nada por relacionarse con la tierra, con los demás, con lo que no se entiende del todo. Quizás la frase que resume el fin de semana sea esta, dicha al cerrar: “la esperanza no es solo un sentimiento, sino una disciplina”. Algo que se practica incluso cuando no se siente, sobre todo cuando no se siente.
Por último, Earth Charter nos confirmó que cuando existe un propósito común, las fronteras y los muros políticos dejan de dividirnos y comienzan a recordarnos que compartimos una misma responsabilidad.
Agradecemos al Tec de Monterrey y a Earth Charter International por abrir un espacio en el que pudimos explorar conocimientos y conocer a jóvenes de otras partes del mundo. El futuro no se construye primero con acciones. Se construye imaginándolo distinto y ese trabajo ahora sigue desde Ruta Azul.
Autoras:
Priscila Miller Ornelas
Estudiante de Ingeniería en Desarrollo Sustentable
Campus Santa Fe, séptimo semestre
&
Alma Sofía Arias Askler
Estudiante de Ingeniería en Biotecnología
Campus Chihuahua, tercer semestre