Cuando pienso en mi infancia, una de las imágenes que llega a mi memoria son los enormes árboles de pirul que rodeaban mi escuela primaria. Durante los recreos, su sombra nos protegía del sol, sus ramas eran parte de nuestras historias y su presencia parecía tan natural que nadie se preguntaba qué pasaría si algún día desaparecieran. Hoy, al recorrer muchas ciudades donde el concreto ha sustituido áreas verdes y donde las temperaturas son cada vez más altas, esa pregunta resulta inevitable: ¿qué ocurre cuando dejamos de convivir con los árboles?
Un modelo de desarrollo que dio la espalda a la naturaleza
Durante las últimas décadas, el crecimiento urbano ha transformado profundamente los paisajes naturales. La expansión de fraccionamientos, centros comerciales, carreteras e infraestructura ha permitido el desarrollo económico de numerosas regiones, pero también ha provocado la reducción de espacios verdes y la fragmentación de ecosistemas. Con frecuencia, el éxito de una ciudad se ha medido por la cantidad de construcciones nuevas y no por la calidad ambiental que ofrece a sus habitantes.
Las consecuencias comienzan a ser evidentes. La pérdida de cobertura vegetal contribuye al aumento de las temperaturas urbanas, reduce la infiltración de agua al subsuelo y limita los espacios que sirven como refugio para numerosas especies. Además, la desaparición de árboles disminuye la capacidad natural de capturar dióxido de carbono, uno de los principales gases responsables del calentamiento global.[1]
Paradójicamente, mientras enfrentamos una crisis climática global, gran parte de los modelos económicos continúan privilegiando la expansión territorial y el crecimiento urbano por encima de la conservación ecológica. Durante años, el desarrollo se asoció con más edificios, más vialidades y más superficies construidas. Sin embargo, hoy comprendemos que una ciudad verdaderamente desarrollada también necesita árboles, biodiversidad y espacios verdes que permitan a las personas vivir con bienestar.
Afortunadamente, esta visión comienza a reflejarse en las políticas públicas. En México, la legislación en materia de desarrollo urbano y ordenamiento territorial reconoce cada vez más la importancia de integrar áreas verdes y espacios públicos en los nuevos desarrollos. Aunque aún existen importantes desafíos, estas disposiciones representan un paso significativo hacia ciudades más sostenibles y resilientes.
Los árboles, columna vertebral de nuestra relación con el ambiente
Frente a esta realidad, resulta indispensable reconocer que los árboles son mucho más que elementos decorativos del paisaje. Son organismos que sostienen procesos esenciales para la vida. Funcionan como reguladores climáticos, ayudan a purificar el aire, favorecen el ciclo hidrológico, reducen la erosión del suelo y proporcionan alimento y refugio para múltiples especies. Un árbol maduro puede interceptar agua de lluvia, disminuir la temperatura ambiental y contribuir a mejorar la salud física y emocional de las personas que conviven con él.
Los árboles también crean espacios de encuentro. Son parte de los parques donde juegan niñas y niños, de las plazas donde se reúnen las familias y de los caminos que recorremos diariamente. Nos brindan sombra, belleza y una conexión silenciosa con la naturaleza que muchas veces damos por sentada.
Cuando un árbol desaparece, las consecuencias trascienden la pérdida de sombra. También desaparece un hogar para aves, insectos polinizadores y microorganismos. Se reduce la biodiversidad, disminuye la capacidad de captura de carbono y se debilita la resiliencia de los ecosistemas frente al cambio climático.
La situación se vuelve aún más compleja cuando los ecosistemas enfrentan otros factores de presión, como la contaminación industrial. Durante décadas, diversas actividades productivas han afectado cuerpos de agua en distintas regiones del país. Los contaminantes presentes en ríos y corrientes superficiales terminan impactando los suelos, la vegetación y los servicios ecosistémicos que sostienen a las comunidades. El agua, el suelo y los árboles forman parte de un mismo sistema; cuando uno se deteriora, los demás también resultan afectados.
Por ello, hoy ya no basta con hablar únicamente de conservación o reforestación. Cada vez cobra mayor relevancia un concepto más amplio y transformador: la regeneración.
Regenerar para una coexistencia armónica
Regenerar significa recuperar la capacidad de los ecosistemas para sostener la vida. No se trata solamente de restaurar lo perdido, sino de impulsar procesos que permitan reconstruir la biodiversidad, mejorar la salud del suelo, fortalecer el ciclo del agua y generar beneficios ambientales y sociales duraderos. La regeneración implica pasar de reducir daños a crear condiciones para que la naturaleza vuelva a prosperar.
La reforestación es una de las herramientas más importantes dentro de esta visión regenerativa. Plantar árboles permite capturar carbono atmosférico, recuperar hábitats para la fauna, disminuir los efectos del calentamiento urbano y favorecer la infiltración del agua al subsuelo. Sin embargo, la verdadera reforestación no se mide por el número de árboles plantados, sino por la capacidad de esos árboles para sobrevivir, crecer y convertirse en parte de un ecosistema funcional.
Un ejemplo inspirador para orientar esta transformación es la regla 3-30-300, propuesta por el científico forestal Cecil Konijnendijk. Esta establece que cada persona debería poder observar al menos tres árboles desde su hogar, vivir en barrios con una cobertura arbórea mínima del 30 % y tener acceso a un espacio verde de calidad a menos de 300 metros de distancia. Más que una meta técnica, esta propuesta representa una visión de ciudades donde el bienestar humano y la naturaleza puedan coexistir.
Hidalgo, un caso de éxito
En Hidalgo, la necesidad de regenerar resulta especialmente relevante. La historia minera de la región dejó importantes beneficios económicos, pero también desafíos ambientales que aún persisten. Particularmente en la zona de Pachuca y Mineral de la Reforma, los jales mineros constituyen uno de los ejemplos más visibles de degradación del suelo. Estos depósitos presentan condiciones que dificultan el establecimiento de vegetación y limitan la recuperación natural del ecosistema.
Sin embargo, los jales también representan una oportunidad para demostrar que la regeneración es posible.
Desde hace tres años, el Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo ha impulsado acciones concretas para recuperar áreas degradadas mediante la plantación y el cuidado de especies adaptadas a las condiciones locales. Como parte de la estrategia institucional de sostenibilidad Ruta Azul, se ha trabajado en la transformación gradual de espacios impactados por la actividad minera, promoviendo además la participación activa de estudiantes, profesorado, personal colaborador y personas voluntarias.
Actualmente, más de 750 árboles de diferentes especies crecen en terrenos que anteriormente presentaban condiciones poco favorables para el desarrollo de la vida vegetal. A ello se suma el establecimiento de plantas polinizadoras que contribuyen a la recuperación de la biodiversidad y favorecen la presencia de insectos benéficos, aves y otros organismos esenciales para el equilibrio ecológico.
Más allá de las cifras, el verdadero valor de este esfuerzo radica en el mensaje que transmite: los espacios degradados no están condenados a permanecer así para siempre. Con conocimiento científico, compromiso institucional y participación comunitaria es posible generar cambios significativos.
En lo personal, mi participación como líder de sostenibilidad Ruta Azul en el Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo ha fortalecido una convicción profunda: la educación tiene el poder de transformar realidades. Cada árbol plantado, cada estudiante involucrado y cada acción orientada a la regeneración ambiental representan una oportunidad para construir una ciudadanía más consciente y comprometida con su entorno.
Regenerar la esperanza
La reforestación continúa siendo una de las herramientas más valiosas para enfrentar el cambio climático, pero su impacto es mayor cuando forma parte de una visión regenerativa. No se trata únicamente de sembrar árboles, sino de crear las condiciones necesarias para que esos árboles prosperen, restauren funciones ecológicas y contribuyan a mejorar la calidad de vida de las personas.
Después de tres años de trabajo constante, he tenido la oportunidad de observar algo que va mucho más allá del crecimiento de los árboles. He visto cómo un espacio marcado por las condiciones adversas de los jales comienza a transformarse en un entorno lleno de vida. Hoy, al recorrer el campus, encuentro zonas donde la sombra es más generosa, donde diferentes especies vegetales han logrado establecerse y donde el canto de las aves acompaña las actividades cotidianas de nuestra comunidad.
Cada mañana, trabajar en un lugar rodeado de árboles me recuerda que la regeneración no es una teoría ni una aspiración lejana; es una realidad que puede construirse cuando existe compromiso, visión y trabajo colectivo. Escuchar el sonido de los pájaros, observar mariposas y otros polinizadores visitar las plantas, o simplemente caminar por espacios cada vez más verdes, es una muestra de que la naturaleza responde cuando le damos la oportunidad de recuperarse.
Quizá por eso, más que hablar de árboles, me gusta hablar de esperanza. Porque cada árbol que logra crecer representa una promesa para el futuro. Nos recuerda que es posible reconciliar el desarrollo humano con el cuidado del ambiente, que los espacios degradados pueden volver a florecer y que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, tienen la capacidad de generar cambios profundos.
Aquellos viejos pirules de mi escuela me enseñaron el valor de la sombra y la compañía silenciosa de la naturaleza. Hoy, los árboles que crecen en el Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo me enseñan algo aún más valioso: que cuando decidimos regenerar nuestro entorno, también regeneramos nuestra relación con la Tierra y fortalecemos la esperanza de las generaciones que habrán de habitarla.
Por: Química María Gabriela Hernández Haua
Profesora de Planta de PrepaTec
Líder de Cultura de Vinculación de Ruta Azul
Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo
maria.haua@tec.mx
Referencias
Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2020). Global forest resources assessment 2020: Main report. FAO. https://doi.org/10.4060/ca9825en
Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2021). Urban trees: More than just a pretty face. FAO. https://www.fao.org/newsroom/story/Urban-trees-more-than-just-a-pretty-face
Harris, N., & Gibbs D. (2021). Forests absorb twice as much carbon as they emit each year. World Resources Institute. https://www.wri.org/insights/forests-absorb-twice-much-carbon-they-emit-each-year
Intergovernmental Panel on Climate Change. (2023). Climate change 2023: Synthesis report. IPCC. https://www.ipcc.ch/report/ar6/syr/
Konijnendijk, C. C. (2021). The 3-30-300 rule for greener, healthier cities. Biophilic Cities Network.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. (2021). Década de las Naciones Unidas para la restauración de los ecosistemas 2021–2030. PNUMA. https://www.decadeonrestoration.org
Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano. (2016). Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano. Diario Oficial de la Federación. https://www.diputados.gob.mx
Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. (2023). Estrategia Nacional para la Restauración de Ecosistemas. Gobierno de México.
[1] “los bosques capturan carbono de la atmósfera contribuye a la mitigación del cambio climático. Un bosque que crece está catalogado como un sumidero de carbono.” https://www.gob.mx/conafor/documentos/bosques-y-cambio-climatico-23762