Vivimos en un mundo que parece desmoronarse lentamente. Entre noticias de desastres, temperaturas récord y crisis humanitarias, surge una pregunta incómoda:
¿quién está viviendo realmente el colapso? Mientras algunos sostienen la ilusión de que aún existe tiempo, otros ya enfrentan las consecuencias directas del calentamiento global. La realidad choca con un sistema que continúa impulsando tendencias, consumismo e individualismo, que nos mantiene abrazando falsas esperanzas en medio de una crisis que no afecta a todos por igual.
La falsa sensación de estabilidad
Las nuevas generaciones crecimos con herramientas tecnológicas que prometían facilitarnos la vida, ampliar nuestras capacidades y llevarnos hacia un progreso inminente. Sin embargo, esta narrativa optimista no siempre se traduce en un desarrollo humano integral. La presencia constante de dispositivos, algoritmos y plataformas reduce -muchas veces sin notarlo- nuestra capacidad crítica, ética y empática de relacionarnos.
La sensación de estabilidad que produce la tecnología está envuelta por publicidad, redes sociales y medios que muestran un mundo aspiracional y casi inalcanzable. Crean un estilo de vida basado en la inmediatez, la autoimagen y el consumo constante, generando una ilusión de control y bienestar. A través de estas plataformas, se glorifica la productividad, la acumulación y la apariencia de éxito, mientras que se invisibilizan problemáticas climáticas, sociales y emocionales.
En Tailandia, por ejemplo, el uso de redes sociales casi se duplicó de 2015 a 2018, incrementando también el consumo digital (Pellegrino et al., 2022). Este aumento no solo afecta hábitos económicos: como señalan Pellegrino, Abe y Shannon (2022), los mensajes agresivos en redes pueden intensificar conductas de sobreconsumo, endeudamiento y ansiedad. Así, la tecnología se convierte en un arma de dos filos: una herramienta poderosa que, sin una postura crítica, fortalece un sistema ambientalmente insostenible.
En medio de esta dinámica, retrocedemos en prácticas fundamentales como la conversación profunda, la reflexión colectiva o la acción comunitaria. Nos acostumbramos a gratificaciones instantáneas mientras dejamos de percibir las señales del deterioro climático y social que ocurren fuera de la pantalla.
El precio de nuestra comodidad
¿Qué pasaría si con tan solo pensar en un producto pudiéramos comprarlo al instante? Suena a ciencia ficción, pero estamos más cerca de eso de lo que imaginamos. La tecnología ha permitido que para algunos el consumo sea cada vez más inmediato, sencillo y casi automático. Sin embargo, esta imagen de progreso no es universal. Mientras una parte del mundo se mueve hacia un estilo de vida hiperconectado, solo el 67% de la población tiene acceso a internet (Statista, 2024).
La otra cara de esta realidad es mucho más cruda: por encima del 26% de la población mundial no cuenta con agua potable gestionada de forma segura y un 19% carece de saneamiento adecuado, según el Joint Monitoring Programme de la OMS y UNICEF (2023). No son solo indicadores de desigualdad social; se traducen directamente en vulnerabilidad climática. Las comunidades sin servicios básicos enfrentan mayores riesgos ante sequías, inundaciones, contaminación y enfermedades intensificadas por el cambio climático.
Esta disparidad en el acceso a recursos y oportunidades debe comprenderse de forma relacional, no de forma aislada. El IPCC (2022) señala que los impactos del cambio climático se distribuyen de forma desigual: las comunidades con menores ingresos, así como pueblos indígenas, mujeres y jóvenes, enfrentan efectos más severos debido a condiciones estructurales que limitan su capacidad de adaptación. Mientras algunos sectores pueden “comprar seguridad”, viviendo en zonas menos vulnerables, con infraestructura resistente o acceso a energía y agua, otros viven al borde de la precariedad ambiental todos los días. Así, el modelo socioeconómico actual concentra la riqueza en la cima y distribuye los riesgos en la base, profundizando la injusticia climática.
No se trata de culpar al individuo, sino de comprender cómo opera este modelo global que promueve la desconexión, la negación y el consumo acelerado en nuestras decisiones diarias. Como señala Bendell (2024, p.59), parte del desafío consiste en “recuperar nuestro poder frente a las apropiaciones del mundo por la modernidad imperial”, es decir, cuestionar los modelos que normalizan la explotación ilimitada de ecosistemas y personas. No es condenarnos, sino recordar, que tenemos capacidad colectiva para desafiar estas lógicas y repensar la forma en que habitamos el planeta. Por lo tanto, la verdadera pregunta, no es si podremos comprar con la mente, sino, si tendremos un planeta en el cual hacerlo sin hipotecar la vida de las generaciones futuras.
¿Quién realmente está viviendo el colapso?
Para la persona que está leyendo esto, me gustaría que mires a tu alrededor y observes cómo o desde dónde lo estás haciendo. No todos leeremos este escrito en la misma situación ni entenderemos el mensaje de la misma forma. Esto es debido a nuestro bagaje tanto socioeconómico como el de las oportunidades o dificultades que hemos enfrentado a lo largo de la vida.
Imagina ahora un sitio distinto: un espacio rodeado de ceibas grandes y frondosas, donde con mucho esfuerzo los rayos de luz caen entre las barreras verdes que cubren el suelo fértil. Donde debes caminar con cautela para no atravesarte con alguna serpiente cuya mordedura pueda ser letal, o bailar un vals para ahuyentar todo aquel insecto que pudiera interponerse en el camino. Allí, donde la música está en al unísono del ambiente y las partituras son escritas y cantadas por los mismísimos pájaros amazónicos, viven más de 350 grupos indígenas protectores de la selva, -entre 2.2 y 2.5 millones de personas- cuyos territorios han sido amenazados por actividades extractivas legales e ilegales para obtener minerales preciosos, extraer petróleo para abastecer nuestros autos, o la tala de maderas finas como la caoba (Mayra, 2023; Admin, 2023).
Probablemente tu escritorio esté hecho de una de esas maderas exclusivas que, por su precio, parecieran justificar el costo ambiental y social. Este tipo de acciones y un listado sin fin no mencionado en el presente texto, nos mostrarían cómo nuestras decisiones cotidianas están conectadas con realidades que no vemos. Y, aunque todos enfrentaremos las consecuencias de la crisis climática, la forma en la que cada uno ya la vivimos es profundamente desigual. Mientras algunas personas pueden adaptar su vida sin notar los cambios, para otras un solo grado más de temperatura significa perder sus tierras, su seguridad hídrica o la posibilidad de mantener sus medios de vida.
El IPCC (2022) señala que las comunidades indígenas, rurales y costeras del Sur Global ya enfrentan impactos climáticos más severos debido a su alta exposición, su limitada capacidad de adaptación y la fragilidad de sus territorios. Esto confirma que no todos atravesamos esta crisis del mismo modo: quienes menos contribuyeron al calentamiento global son quienes más sufren sus efectos.
Para reincorporarnos al camino y aspirar a un verdadero avance generacional, no se trata de prohibir, homogeneizar comportamientos o imponer un solo modelo de vida. Se trata de desarrollar un sentido crítico respecto a nuestra situación global: cuestionar lo que consumimos, formar un criterio propio, ser conscientes del entorno y de las necesidades colectivas. No basta con acumular innovaciones o dejarnos llevar por una propaganda aspiracional; debemos reconstruir el equilibrio entre progreso tecnológico y sostenibilidad.
Entre la desesperanza y la acción
Suena desesperanzador escuchar noticias ambientales y preguntarnos cómo, desde nuestro sillón, podríamos hacer algo. A veces no se nos ocurre ninguna idea “exponencial”, parece que nuestro esfuerzo individual nunca será suficiente. Sin embargo, así como tú que llegaste hasta este punto, hay personas en todas partes
del mundo que sienten lo mismo: un deseo profundo de generar un cambio. Puede que no seamos mayoría, pero cada interacción se vuelve una oportunidad para trasmitir ese amor y pasión por la belleza que aún existe afuera de nuestras ventanas.
Las costumbres están arraigadas, pero no son la última palabra. Aunque creamos que nuestras acciones no generan impactos visibles, separar la basura, estudiar temas relacionados a la crisis climática, proponer iniciativas sustentables o elegir una movilidad más consciente, sí, sí representan pasos significativos. No se trata de una propaganda ni de posturas políticas; se trata de una forma de unión y corresponsabilidad para poder seguir habitando por mucho más tiempo este planeta, ahora de forma comunitaria, responsable y cooperativa. Crear, innovar, gestionar, preservar y concientizar puede sonar cliché, pero los cambios profundos siempre comienzan con acciones pequeñas que se sostienen en el tiempo.
Como individuos quizá no podremos avanzar a un ritmo esperanzador, pero cuando actuamos como comunidad las barreras se vuelven más fáciles de derribar. Sí, las industrias, el transporte, la tecnología son sectores altamente contaminantes, pero eso no significa que no tengamos poder. Nuestra voz, nuestra participación y nuestras convicciones pueden escalar y filtrarse hacia espacios más grandes. Un comentario, una iniciativa estudiantil, una propuesta laboral o incluso una conversación honesta pueden reestructurar la manera en que alguien entiende el mundo y motivarlo a apostar por prácticas más responsables.
No se trata de frenar la economía, dejar de generar empleos o desincentivar sectores estratégicos; todo está interrelacionado. De lo que sí se trata es de reivindicar la manera en que hacemos negocios y tomamos decisiones, para que la innovación no solo sea ambición, sino que vaya acompañada de consciencia ambiental y social. Cada actividad que realizamos tiene un impacto, y ahí es donde podemos dejar una huella: en actuar con intención, coherencia y responsabilidad desde cualquier ámbito, pasión o profesión.
Por: Natalia Ortiz Retureta
Estudiante de séptimo semestre
Ingeniería en Desarrollo Sustentable
Tecnológico de Monterrey
Correo electrónico: natalia.retureta@hotmail.com
Referencias bibliográficas
Admin. (2023, 22 mayo). The fate of the Amazon is the fate of its peoples. Asamblea Mundial Por la Amazonía. https://asambleamundialamazonia.org/2023/05/22/the-fate-of-the-amazon-is-the-fate-of-its-peoples/
Bendell, J. (2024). Cayendo juntos. Una respuesta compasiva y ecolibertaria al colapso. Nola Editores. P.59
IPCC. (2022). Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability. Working Group II Contribution to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge University Press.
Mayra. (2023, 13 julio). An Indigenous revival in the Pan Amazon. Mongabay Environmental News. https://news.mongabay.com/2023/07/an-indigenous-revival-in-the-pan-amazon/
OMS & UNICEF (WHO/UNICEF Joint Monitoring Programme). (2023). Progress on household drinking water, sanitation and hygiene 2000–2022. JMP - Progress on household drinking water, sanitation and hygiene 2000-2024 - UNICEF DATA
Pellegrino, J., Abe, M., & Shannon, R. (2022). The dark side of social media: Content effects on the relationship between materialism and consumption behaviors. Journal of Consumer Behaviour.
Statista. (2024, 23 agosto). El uso de Internet en el mundo. https://es.statista.com/temas/9795/el-uso-de-internet-en-el-mundo/#topicOverview