Hace casi 100 años, Antonio Gramsci escribió:
“El mundo viejo está muriendo, y el nuevo lucha por nacer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Hoy, con el autoritarismo regresando en buena parte del planeta, la aceleración del cambio climático, el apresurado despliegue de la inteligencia artificial, y una reconfiguración geopolítica histórica, pareciera que Gramsci nos está hablando a nosotros.
Nos enfrentamos a crisis resultantes del desarrollo lógico de las contradicciones de los sistemas que han dominado al mundo durante los últimos siglos. El sistema económico que prometió prosperidad universal a través del mercado ha concentrado la riqueza en cada vez menos manos, trata a la naturaleza como un almacén de recursos, y para no implotar, exige un crecimiento perpetuo dentro de un planeta finito. El sistema político proclamó libertad, igualdad y fraternidad como valores universales, se basó en el colonialismo para acceder a recursos naturales y mano de oba subyugada, usando la guerra para sostener su orden y creando jerarquías raciales y geográficas entre pueblos para justificar quién decidía y quién obedecía. Y el sistema cultural se presentó como racional, lógico y universal, pero se construyó sobre la separación entre el ser humano y la naturaleza, sobre el desprecio hacia otras formas de conocer el mundo, sobre la invisibilización del trabajo de cuidado que sostiene cotidianamente la vida, y sobre la idea de que el progreso consiste en tener y dominar más.
El antropocentrismo, militarismo, racismo, colonialismo, imperialismo, fascismo y machismo son los resultados lógicos de sistemas basados en relaciones, estructuras y relaciones de dominación. Una economía que necesita crecer sin parar tiene que encontrar siempre nuevos territorios, recursos y personas que explotar, por eso es antropocentrista y colonial. Para sostener esa expansión necesita ejércitos y armas para someter y explotar cuerpos y territorios, por eso es militarista. Para justificar moralmente que unas personas sean explotadas y otras no, necesita inventar jerarquías entre seres humanos, por eso es racista. Para sostener la producción sin pagar el trabajo del cuidado, necesita un orden doméstico que someta a las mujeres, por eso es machista. Y cuando las contradicciones se acumulan y el orden se siente amenazado, su respuesta es concentrar el poder, suspender los derechos y producir enemigos, por eso, una y otra vez, termina en fascismo.
Sin embargo, estos sistemas siempre terminan colapsando porque su propia arquitectura les impide tomar las decisiones que harían falta para ser sostenibles, ya que decidir de manera sostenible exige reconocer límites, interdependencia y valor intrínseco. Y eso es exactamente lo que las estructuras de dominación no pueden dejar de hacer sin desvanecerse. En este sentido, la insostenibilidad no es un efecto secundario corregible con unas cuantas buenas políticas o tecnologías más limpias, pues está inscrita en la configuración misma del sistema. Por eso al final, ningún imperio dura, incluyendo el actual.
Para comprender el claroscuro actual conviene mirar cómo se están interconectando las contradicciones. Las grandes empresas tecnológicas estadounidenses planean invertir alrededor de $650 mil millones de dólares solamente durante 2026 en infraestructura para inteligencia artificial, una cifra que supera el costo total del programa Apolo ajustado a la inflación. Sin embargo, la red eléctrica del país no es suficiente para alimentar lo que se está construyendo, lo que ha llevado a muchas empresas y proyectos a construir plantas generadoras de electricidad basadas en gas natural. Los centros de datos ya consumen cerca del 6% de toda la electricidad estadounidense, y las proyecciones la llevan a entre el 12% y 17% para finales de la década. Sightline Climate estima que entre el 30% y el 50% de la capacidad anunciada para este año va a retrasarse porque no hay transformadores ni subestaciones suficientes. La tecnología que ha creado casi la totalidad del crecimiento económico del último par de años y que se vendió como el motor del próximo siglo americano está tropezando con que no hay energía para operarla. Las contradicciones del uso de recursos también se extienden al agua. Solamente para enfriar sus servidores, un centro de datos de gran escala consume alrededor 19 millones de litros de agua dulce al día, similar a lo que una ciudad mediana entera, sumado a esto, alrededor de 75% de centros de datos en Estados Unidos construidos desde 2022 están en zonas que ya viven en algún estado sequía permanente.
A esa doble presión se suma una crisis geoestratégica. Desde finales de febrero, tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre infraestructura iraní, resultó en el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Por ese pasillo de 34 kilómetros pasa cerca del 20% del petróleo y del gas natural del mundo. El precio del barril de petróleo Brent superó los $100 dólares por barril por primera vez en cuatro años, con picos de $126. Varios analistas lo describen como la mayor interrupción energética desde los años setenta y quizás de la historia.
¿Qué pasará con la rentabilidad y viabilidad de las empresas relacionadas a la inteligencia artificial cuando se elevan los precios de la energía y se rompen las cadenas de suministro? La inversión en inteligencia artificial se ha convertido en el motor de las bolsas estadounidenses, pero buena parte de esas valoraciones se sostienen sobre expectativas y no sobre rentabilidad demostrada. La economía está sobrefinanciarizada ya que el precio de los activos se ha desprendido de la economía real que supuestamente representa. En febrero de este año, una sola corrección borró cerca de un billón de dólares en valor bursátil del sector tecnológico en cuestión de días. Si esa burbuja truena, el golpe no se va a quedar en Wall Street.
Esta crisis se conecta directamente con la alimentaria y la climática. Cerca de la mitad de las exportaciones mundiales de urea y casi un tercio del amoniaco, indispensables para la agricultura industrial moderna, salen de la región del Golfo Pérsico. Con Ormuz bloqueado, la urea subió más de 50% en pocas semanas. El Banco Mundial proyecta que el precio de los fertilizantes aumentará este año al peor nivel desde 2022 y estima que hasta 45 millones de personas podrían quedar en riesgo alimentario. Entre el momento en que un agricultor no consigue fertilizante y el momento en que el consumidor lo siente en el supermercado pueden pasar entre 6 y 21 meses. La onda inflacionaria de esta crisis todavía no llega a las cocinas del mundo, pero ya viene en camino. Y esto puede llegar al mismo tiempo que el fenómeno de “El Niño”, con la NOAA confirmando hace pocos días que la probabilidad de que el fenómeno alcance una intensidad fuerte o muy fuerte ya es de más del 75%, y varios modelos sugieren que podría ser el más intenso jamás registrado. Las consecuencias previsibles como sequías en África, monzón debilitado en Asia, temporada ciclónica intensa en el Pacífico, temperaturas elevadas y lluvias erráticas en América, van a caer precisamente sobre los sistemas agrícolas que estarán golpeados por el shock del fertilizante.
Cada una de estas presiones, por separado, sería manejable. Lo que las vuelve una espada de Damocles es que se alimentan entre sí. Conviene imaginar el escenario que ya se está dibujando para este verano: Temperaturas récord en buena parte del continente americano, aires acondicionados al máximo, centros de datos exigiendo más carga eléctrica. ¿Qué priorizará un gobierno oligarca? Simultáneamente, la energía sube de costo estrepitosamente porque Ormuz no se ha despejado. Las cosechas vienen débiles por la falta de fertilizantes y El Niño las golpea con potencia, reduciendo aún más la oferta y aumentando precios, haciendo que la inflación regrese con fuerza. Una corrección bursátil arrastra fondos de pensiones y crédito corporativo. Energía, agua, comida, clima y dinero fallando al mismo tiempo, golpeando simultáneamente la economía, el bienestar cotidiano y la estabilidad política de Estados Unidos.
Lo más inquietante, sin embargo, será la respuesta. Un imperio en declive raramente admite que lo está. Prefiere leer cada crisis como un incidente aislado, como un golpe de mala suerte, como obra de un enemigo. Y mientras esa lectura prevalezca, el statu quo difícilmente hará lo razonable como ordenar prioridades, cooperar con otros poderes, invertir en resiliencia, proteger a su propia población, cuidar sus instituciones y el lugar privilegiado que todavía ocupa en el mundo. La negación es, en sí misma, uno de los monstruos que nace entre mundos. Quizá el peor, porque es el que impide ver a los demás.
En medio de todo esto, la reciente cumbre en Pekín dejó ver la pregunta del momento, planteada por Xi Jinping de manera explícita cuando le preguntó a Donald Trump si China y Estados Unidos serían capaces de trascender la trampa de Tucídides, la cuál es un patrón histórico por el cual una potencia establecida y una emergente tienden inevitablemente al conflicto, o en su lugar, construir, un nuevo paradigma de relación cooperativa entre grandes poderes. Esta trampa es otra forma de nombrar el juego de suma cero: la creencia de que el ascenso de uno tiene que significar la caída del otro. Lo revelador es que varios analistas, después de la cumbre, han observado que en esta etapa es Estados Unidos y no China, quien parece más dispuesto a activar esa trampa, erosionando con sus propias decisiones el orden internacional que él mismo construyó. Un imperio que, en la cima ha empezado a destronarse a sí mismo.
Lo importante no es el episodio diplomático sino la tendencia que representa. China, junto con los países que se agrupan en torno a los BRICS, quien ya reúne cerca del 41% por ciento del PIB y 55% de la población mundial, son un grupo lleno de tensiones internas y de contradicciones evidentes, pero representan algo que hace una década parecía impensable: que la conversación sobre el orden mundial deje de definirse solamente en Washington y Bruselas. Durante décadas, el orden basado en el imperio del norte global dictó una división muy clara del trabajo planetario, siendo el sur global quien costeaba la extracción de los recursos naturales y de la mano de obra barata, mientras que el norte ponía la tecnología, las marcas y se quedaba con la mayoría de las ganancias. El nuevo mundo que lucha por nacer también disputa eso. Las potencias emergentes y las economías del sur están exigiendo soberanía sobre sus propios recursos, negándose a seguir siendo zonas de sacrificio que subsidian, con su agua, su suelo y sus cuerpos, el estilo de vida y la expansión económica del imperio en declive. La cumbre de líderes de los BRICS, prevista para septiembre en Nueva Delhi bajo el lema “Construyendo para la resiliencia, la innovación, la cooperación y la sostenibilidad” es una señal de eso. El punto no es idealizar al bloque, sino mostrar que el monopolio occidental sobre la imaginación geopolítica se está terminando, y el orden que lo suceda va a depender de lo que nos atrevamos a imaginar y hacer realidad.
Si las crisis ecológica, colonial, económica y patriarcal son caras de la misma dinámica, entonces la sostenibilidad tiene que ser también, una sola respuesta. Conviene empezar por reconocer que la sostenibilidad, tal como la define hoy buena parte del discurso global, ya fue cooptada por el orden que pretendía combatir, pues es la que cambia el motor de combustión por una batería de litio sin preguntar de dónde se sacó el litio ni cambia la lógica con la que se construyen y habitan las ciudades, la que descarboniza con tecnologías verdes, pero mantiene intactas las jerarquías de extracción del norte sobre el sur. Y la que reporta métricas ESG impecables mientras cabildea por menos regulaciones. Esto resulta en una mitigación sólo cosmética y un colonialismo con vocabulario verde.
Este momento en el que sobrepasamos ampliamente los límites planetarios al mismo tiempo que el bienestar de la mayoría de las personas está en juego y se exacerba la desigualdad a niveles faraónicos, exige ir más allá de los imaginarios de sostenibilidad tradicional hacia la regeneración. Esta transición significa aceptar que ninguna eficiencia tecnológica va a comprarnos crecimiento ilimitado. En un mundo así, sostenibilidad ya no significa mantener el statu quo con tecnologías más limpias, significa adaptación estratégica frente a lo que ya cambió, resiliencia local frente a cadenas globales que se rompen, regeneración activa de los ecosistemas y los tejidos sociales que el viejo orden rompió, y redistribución del poder, los recursos y las decisiones de formas más justas.
La regeneración no es una invención cultural arbitraria o ideológica. Surge de un entendimiento de cómo los sistemas vivos persisten en el tiempo. Los ecosistemas más estables y duraderos de la biosfera no funcionan con expansión infinita sino con reciclaje, simbiosis, redundancia y reciprocidad. Los sistemas que necesitamos construir son, en cierto sentido, una traducción cultural, política, económica y social de esa misma lógica.
Visto así, la sostenibilidad ambiental y la justicia social dejan de ser dos agendas separadas. No se puede sostener un planeta si no se sostienen los pueblos que lo habitan. No se pueden gobernar bien los bienes comunes si se mantiene a la mitad de la humanidad fuera de las decisiones. La descarbonización sin descolonización repite las mismas relaciones de poder con paneles solares en lugar de pozos petroleros. La transición energética sin redistribución concentra las nuevas tecnologías en el mismo pequeño número de manos que concentraron las viejas. Por eso, la sostenibilidad más allá de ser una solución técnica o ambiental es una propuesta política, económica, cultural y, en última instancia, espiritual sobre qué tipo de civilización e individuos queremos ser.
América Latina tiene un lugar particular en esta potencial transición, pues la región ha vivido en carne propia las lógicas de dominación que hemos descrito por varios siglos y ha desarrollado tradiciones de pensamiento y de práctica que las cuestionan desde hace mucho como el buen vivir andino, las economías comunitarias, las cosmovisiones indígenas que nunca compraron la separación entre humano y naturaleza, la teología de la liberación, las experiencias de gestión comunal del agua, los movimientos campesinos por la soberanía alimentaria, entre otros. La sostenibilidad al final del imperio no es entonces, una idea importada del norte global que hay que adaptar, más bien es algo que el sur lleva pensando y haciendo desde hace siglos, y que ahora el resto del mundo está empezando a necesitar.
México está en un lugar especialmente delicado, pero al mismo tiempo fértil. Delicado porque su economía está tan entrelazada con la estadounidense que cada turbulencia la siente primero pues importa cerca del 70% de los fertilizantes que consume, hacia allá van aproximadamente el 80% las exportaciones, las cuales representan casi un tercio del PIB, y las remesas impactan directamente el consumo interno. Pero también es fértil porque, al mismo tiempo, tiene biodiversidad, tradiciones de comunidad, una sociedad joven, así como capacidad científica y cultural. Si el siglo XXI se va a jugar en buena medida en cómo los países medianos del sur global construyan autonomía sin caer en aislamiento y cooperación sin caer en sumisión, México tiene mucho que aportar. Y en ese paisaje, las universidades ocupan un papel que no siempre se reconoce, ya que son de los pocos espacios institucionales que todavía pueden pensar a largo plazo y sistémicamente, tejer hilos entre saberes técnicos, sociales y humanísticos, crear y probar nuevas ideas y también ensayar en su propia operación cotidiana versiones más pequeñas pero reales del orden que puede llegar a ser. Cuando una universidad traza una ruta seria de sostenibilidad, no sólo está cumpliendo un trámite institucional, sino que está apostando explícitamente por la posibilidad.
La mayoría de los problemas que enfrentamos hoy como la inflación de los alimentos, la escasez de agua, la polarización política, el estrés laboral, el cambio climático o la violencia, no se resuelven porque nos enfocamos solo en los síntomas, y no observamos los sistemas que los producen y respondemos a cada uno por separado, como si fueran problemas autónomos con soluciones técnicas independientes. Pero los síntomas son la manera en que un sistema mal diseñado nos avisa, una y otra vez, que está produciendo exactamente lo que está diseñado para producir. Un sistema, en este sentido, es un conjunto de estructuras, relaciones y dinámicas que, juntas, generan ciertos resultados de manera consistente y autopoiética. Por eso, mientras no cambiemos las estructuras y las relaciones que producen los síntomas, los síntomas van a volver una y otra vez. Podemos bajar la inflación con tasas de interés, pero si la economía global sigue dependiendo de cadenas extractivas frágiles y finitas, va a volver. Podemos limpiar un río contaminado, pero si la lógica industrial sigue tratando al patrimonio natural sólo como recursos, otro río u otro ecosistema se contaminará. Podemos descarbonizar el transporte, pero si la lógica de consumo sigue exigiendo crecimiento infinito, el carbono va a regresar por otra puerta.
Por eso la mirada sistémica es una herramienta de transformación. Significa entrenar el ojo para ver más allá de lo evidente, detrás de cada síntoma distinguir las estructuras y las dinámicas que lo producen. Significa entender que un cambio profundo no se logra atacando los efectos, sino rediseñando los sistemas que los generan. Y significa, sobre todo, hacerse cargo de que esos sistemas fueron diseñados por seres humanos en algún momento de la historia, lo cual implica que pueden ser rediseñados por seres humanos ahora.
Aquí conviene volver a Gramsci y escuchar también la segunda parte de su frase: “El mundo nuevo lucha por nacer”. Este mundo ya está en gestación, desde hace muchos años, aunque todavía no podamos imaginarlo con detalle. Construirlo implica, en palabras de Gabor Maté, “tejer hilos de posibilidad”. Un hilo individual no sostiene nada, parece insignificante, sin embargo, los hilos cobran fuerza cuando se tejen entre sí, cuando se enlazan entre personas, entre comunidades, entre saberes, entre territorios. La cooperación, vista así, deja de ser un valor moral añadido y se vuelve, literalmente, la estructura, siendo el contrario de la dominación.
Simultáneamente, la esperanza, entendida en su sentido más completo, puede ser una forma de ilusión, como una imagen que consuela pero que no corresponde a la realidad, o un deseo que flota sin tocar tierra y que, justamente porque tranquiliza, puede volvernos pasivos. La posibilidad funciona distinta, ya que exige mirar con claridad lo que hay enfrente, por más duro que sea, y desde esa mirada reconocer lo que todavía puede llegar a ser. Con esto, el pesimismo y optimismo se vuelven irrelevantes, lo que queda es una mirada lúcida, sobria y abierta, atenta a lo que es y a lo que todavía es genuinamente capaz de devenir. La posibilidad convoca e invita a actuar.
Esos hilos y tejidos de posibilidad ya existen y ya están operando. Frente a la crisis de fertilizantes, hay redes de alimentos locales, mercados campesinos, sistemas agroecológicos y movimientos de soberanía alimentaria que están demostrando que un territorio puede alimentarse sin depender de una cadena global. Frente a la emergencia climática que estamos sintiendo cada vez con más fuerza, hay municipios, regiones, ciudades y organizaciones diseñando políticas de adaptación, corredores verdes, gestión integrada del agua, infraestructura resiliente, sistemas de alerta temprana y planeación que acepta la existencia del riesgo en lugar de negarlo. Frente a los mega centros de datos que concentran energía, agua y poder en pocas manos, hay modelos de fuente abierta y sistemas de transición energética descentralizada como cooperativas eléctricas, microredes solares o almacenamiento comunitario, que demuestran que las tecnologías del futuro también pueden pertenecer a quienes la usan, no solo a quienes la monopolizan. Cada uno de esos ejemplos, visto solo, parece pequeño, pero tejidos entre sí, son el contorno de otro mundo posible. La cooperación radical es una tecnología de trasformación de la realidad viable que tenemos sobre la mesa, y que ya está ocurriendo.
El mundo viejo está muriendo. Negarlo solamente multiplica los monstruos. El nuevo está luchando por nacer, en cada conversación que se atreve a nombrar las cosas por su nombre, en cada decisión institucional que cambia la ruta, en cada hilo que se teje cooperativamente entre quienes ya no aceptan que dominar sea la única forma de relacionarse con la tierra, con otras personas y otros seres. La perspectiva de regeneración transforma a la sostenibilidad de ser solo una agenda técnica y abraza la forma política, social, cultural y espiritual para poder moldear lo que venga después en algo que sea profundamente mejor. No porque alguna esperanza nos lo prometa, sino porque la posibilidad, cuando nos permitimos mirarla, todavía nos lo permite.
Por: Jorge Luis Zenil Alva
Mtro. en planeación estratégica y dirección de tecnología
Especialista en Estrategias de Sostenibilidad y Cambio Climático
Líder de Proyectos Estratégicos, Ruta Azul
jzenil@tec.mx
Fuentes:
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